El carnaval resignifica la identidad colectiva, la oxigena

Comúnmente utilizamos la expresión ponerse una máscara como sinónimo de ocultarse, esconderse o dar una impresión falsa. En el caso de los carnavales, el uso social y ritual de la máscara juega un papel mucho más rico y en muchos casos opuesto. El jugar a tener otra identidad de manera colectiva puede ayudar a ventilar el subconsciente de una sociedad entera, de manera lúdica y en un entorno seguro.

Al flexibilizarse durante esos días, las identidades así como los códigos morales tradicionales, se puede afirmar, sin temor a exagerar, que la presión psicosocial desahogada durante un carnaval previene a las contradicciones propias de cualquier conjunto humano de ser llevadas a la superficie de manera más irracional o violenta. Esto se da porque a través de la acción lúdica se comprenden muchas cosas que de otra manera es imposible: el hombre se pone en los zapatos de la mujer, el rico en los zapatos del pobre, el gobernado en los de la autoridad...

El carnaval resignifica el espacio público

Durante el carnaval, los espacios de uso vial, laboral, mercantil, institucional y de uso solemne, se convierten en espacios de fiesta, de convivio, de carcajada y sensualidad. La vida íntima de la comunidad se vuelca a la calle para demostrar una vez más que lo más importante de los espacios públicos, son el pueblo que les dio la vida y su historia.

El pueblo toma las plazas públicas para expresar y hacer vibrar en ellas sus fibras más sensibles, sus relaciones amistosas, amorosas, familiares, comerciales y políticas.

Se podría decir que es un momento de éxtasis colectivo en el sentido mas puramente etimológico de la palabra éxtasis: ex = fuera y stasis = pararse, pararse fuera de sí mismo. Es un gran ritual en el que se le da vida consciente a las realidades más profundas de la existencia colectiva.

Un paseo por la historia del Carnaval de Guaymas